Piensa que lo siente. Y, lo que dice que siente, no lo piensa. Caminando por la orilla de la carretera va descalzo. Pisa firme las primeras piedras. En dos movimientos y un salto estará parado sobre la arena. Hundido por la caída. En dos pocitos húmedos y frescos.
Y ¿ahí? quedará babeando. Los ojos atascados. Las manos le caen muertas. Y se le hacen flácidos sus brazos al inclinar sus piernas. Y ¿ahí? queda ensalivando su lengua en el espumario. Cara a cara con el mar. Frente a frente con lo sobrenatural. De ese paisaje de por sí tenebroso.
Diquea tiritones pavoneantes. Vosea entrecortadas palabras en su idioma original. Y compite con el bramido de las olas. Hurañas y ariscas. Golpean y rompen. Toda su bravura contra las piedras verdes. Protegidas por una membrana amniótica. Y de esa relación (mar y piedra) establecen recíprocas formas de protección submarina. Clandestinamente lejos de los morbosos.
No hay nadie en la arena en este triste albanecer. Horita es temprano. Son las seis y cuarto de la mañana. En la playa de este pueblo he ido tomando notas. Y grabo sones de su voz y de sus roncas maldiciones. Soy la dueña de este brote de bestia. Y ésta es mi novedad de indagación. Horita. Como si fuese madre que lo ha parido. Pienso a mi objeto de estudio. Como al amor de mi vida.
[Habría dicho La dueña]
Horita el cielo está cubierto. Parece que va a tronar. Él confunde, entrado ya en plena fase A de su delirio. El océano con el campo. Parece que lo recuerda. Parece se le aparece. Pero, su mente se embrolla con la noche, y mira las estrellas a lo alto tapándose el ojo izquierdo con su mano derecha. Y sale corriendo hacia delante gritando dos veces aura. Con las dos manos y sus brazos estirados hacia el mar. Como si hubiera visto a alguien. O algo extraño lo llamara y desesperadamente lo atrapara. Con sogas invisibles hacia dentro del mar.
Ulteriormente los rescatistas. Como de costumbre. Dentre las olas del mar. Lo sacan y lo dejan. En la playa. Ahogado. Sólo. Rezongando. Mismo ahora. Me han dicho desde el servicio de salud. Que haga los papeles y lo anote. Que no puede ser. Todos los días haga lo mismo. Que es un peligro. No ya para él. Sino para la sociedad en su conjunto del pueblo de Villamil.
Que no lo tendría que tener acá, en este caserío perdido, sobre todo, dando ese ejemplo. A la gente le molesta. Que lo lleve a la capital y lo haga ver por un especialista.
[Dijo la dueña que le dijeron]
Que en el Centro de Salud del distrito de Villamil. El clínico de guardia ya lo había dicho. En su última visita. Y en el informe lo había escrito. De puño y letra: ver especialista, atte. Dr. clínico de Villamil. Centro de Salud n°13. Aguas Salobres y Derrumbamiento. Sector Norte. Escollera 56.
Y la firma estampada del médico de Villamil.
A ella. Dueña de él y de sí. Le pareció un shock sacarle esa costumbre. De antaño en la familia. Cuando a alguno le daba la tarantela. Esa enfermedad de los que bailan y saltan y repiten. Movimientos, gestos payasescos. Que no le hace mal a nadie. Dijo. Que nunca mordió ni atacó a un semejante. Dijo. Ni a un perro fustigó.
Justificó lo justificable. Y dijo. Lo llevaría a un especialista. Pero. Que se iba a tomar un tiempo. Que ahora no la apuren tanto con la mudanza. Que entendieran ellos. Habitantes del distrito de Villamil. El proceso de desprendimiento de su prienda. Como si fuese un tratamiento a un hijo dellos. Que donde húbose adaptado no es tan fácil. Tan de golpe desadaptarlo.
Que así como se adaptó en estos siete meses. Así debería desadaptarse en los siete próximos. Que le dieran siete meses como término. Que si ella puede antes. Se lo llevará a vivir a otro lugar. A otra ciudad o a la capital. Donde sea; pero, que para eso necesitaría tiempo [Se dijo que meditó ella. Y lo dijo]
Que pesa mucho. Y no es fácil levantarlo de la cama. Ni vestirlo. Ni bañarlo. Que así como lo aceptaron en la escuela de vacaciones en este pueblo. Ahora. Anoticiada de la indicación del médico del Centro de Salud del pueblo de Villamil. Le pido a la Comisión Directiva. Un mínimo de comprensión. Por lo que le pueda significar a él. No ver más a sus compañeritos. En la escuela de vacaciones. Ni tener en sus ratos libres. Por la mañana. Clareando. Sus prácticas y sus ejercicios.
Que a él bien le venían. Para sus descargas epilépticas en las clases de teatro. Al aire libre. Mirando al mar. O haciendo como si mirara al mar. Y dado que en el pueblo de Villamil no hay institución donde lo interne [ellos mismos me pidieron, los de la escuela de vacaciones, que lo llevara a experimentar un tiempo]
Aún él no fuese nunca. Y tuviera inasistencia perfecta en la escuela de vacaciones. A él me lo anotaron con nombre y apellido. Ustedes aceptaron. Y porque ahora. Él evidencia primeros picos de alucinación. De los cuales. Ustedes estaban advertidos. Y que por eso me deberían dar una tregua. Se dijo que les dijo al final (...) me lo quieren desanotar de un chicotazo.
Truena.
Caen las primeras gotas gordas.
El aire hiela.
Sobre los brazos de la dueña caen las segundas gotas. Y las que vienen empujando.
Le caen en la cabeza y en los hombros. Y en el cuello.
El aguacero le baja por las tetas y la espalda.
Y el agua disparada y fría le resbala. Por todo el cuerpo terso.
Hacia el final de sus zapatos mustios. Se le hacen unos gotones de manchas marrones.
Ella empapada miró hacia la arena. Como si mirara hacia la nada. Se refregó los brazos en la frente. Pegó el grito a los rescatistas que divisó bajo el aguacero. Ellos no le respondieron. Se ha largado una tormenta estrepitosa. No anda un auto por la calle. De tanta agua no es "entre" sino el cielo y el mar en un mismo lío.
En una pintura sola. Hecha por varias generaciones pintorescas. La marca de la imagen escandalosa de esa jornada. Ya es un mito hecho leyenda.
Centellea. Los rescatistas saben andar de naranja flúor por la zona. Se los nota a la distancia. Sin querer uno verlos. Se los ve de lejos. De cerca. Pero, con el cielo así, no se ven ni los colores de las ramas ni el verde de los árboles. Todo es del color del agua. Suave. Transparente.
Aguacero y transparencia se esmerilan. Neblinean y se enmarcillan.
Parece uno marearse en la pantalla de la tormenta.
Y ella presintiendo lo peor. Ante lo inminente. Y lo inminente acorralándola en la cocina.
Para prevenir lo imprevenible. Para mutar la situación. Como una bruja y maga de los acantilados. Desaparece las cosas a los ademanes. Orfebre de lengua sentimental y plebeya. De todo mendigo que sabe más de lo que parece. En la ciudad rodeada de ciudadanos. Ella. Sabe más por gato que por liebre.
Por vieja que por diablo.
Y todo lo que paró. Llovió.
Y así sucesivamente. Todo lo contrario.
Los rescatistas tomaron el té en sus balsas. Meciéndose. Ritual de verano. Apenas asoma el sol. Los rescatistas le rezan plegarias a la Virgen del Mar. Que no es maría. La más mía. La lejana.
Ellos. Meditó la dueña. Deberían entender lo que significa tener a un niño. Con un delirio místico. Ella, le dice niño a su prienda. La bestia tiene apenas 48 años. Ha crecido a su lado. A su imagen. A su semejanza. Y así va de pueblo en pueblo con su monstruario. Adivinando.
Iba la gitana por los malecones.
Voseando:
"Lo intentaron ahogar. Ensañados los del pueblo de Villamil. Habían pasado los siete meses. Y seguían allí en el caserío alquilando. La dueña y la bestia. La misma pieza de pensión. De cuando se le dijo se fueran. Y ella pidiera esa tregua que le concedieron. Y no cumplió. Y horita. No solo las autoridades del pueblo de Villamil sino también sus ciudadanos. Están que trinan con el desparpajo de la señora. Con ese dejarse y no irse. De donde se le dijo que se fuera. Y se le diera la tregua. Y siguiera quieta con su bicho en su cama postrada. Con el bicho al lado de ella. Abrazado a ella respirando. Como un lobo marino. Y ella. No se sabe si muerta. O profundamente dormida. Cuando le allanaron la casa los de la taquería. Y los vecinos del pueblo de Villamil. En las calles con sus antorchas. Reclamando justicia por mano y cuenta propia. No dejando a la taquería que actuara como se debiera. Parecía una muerta la dueña con el bicho muerto".
Se emputeció la mañana. La tarde y la noche. Ambas. De la mano. Amputando la mañana de cada albanecer. Se fueron solitas. Por la grana fresca. Húmeda. Embrujada. Empujaron carros atestados de llaves y botellas de vidrio. Volteando la leche. Por el traqueteo de los carros. Por las piedras de la calle. Por la tierra que levantan las ruedas cuando pasa el carro por la puerta de cada casa. La tarde y la noche se unieron. Contra toda mañana de repitencia.
Bajé por las escaleras. Dijo ella. Con el niño ataviado a mi espalda. Habrán sido las cuatro de la madrugada. Ya ni los perros. Ya ni los gatos. A esa hora. Cuatro de la madrugada. Cuatro. El numero de la cábala. Que da diez. Sumando uno, más dos, más tres, más cuatro. Da diez. Exactamente es lo que hablo. De la hora. De la fórmula esotérica de la cábala. De mi niño. De mi monstruo y su mar. De sus rezos. De las máscaras mortuorias del pueblo de Villamil.
En la entrada. Cuando uno llega. En la plazoleta única y principal. Los zarzos descansan. Su eternidad del tiempo. De tiempo estrafalario. Por los respingones de las madera secas. Suben. Miles de hormigas coloradas. Que son peste y plaga. Llamado a la advertencia. Algo va a ocurrir a mis espaldas. Digo. Aquí. Sentada en la playa. Arrullando a mi bicho. Pa que no se me enferme más de lo que me lo han enfermau.